

La merma de aceite en conserveras es uno de los problemas más costosos y silenciosos de la industria conservera. Según los cálculos, entre un 10 % y un 15 % del aceite utilizado se pierde por desbordamientos y recirculaciones innecesarias. Con los elevados precios del aceite de oliva, ese margen de error se traduce en miles de euros perdidos al año.
Pero la merma no solo afecta a la rentabilidad directa. También arrastra los costes de los procesos asociados: limpiar el envase y secarlo, el calentamiento del agua, los detergentes y el gasto eléctrico. Todo ello impacta directamente en el bolsillo y en el medioambiente.
El aceite no es un simple acompañante en las latas de conservas. Es el líquido de cobertura que garantiza la conservación de alimentos como la anchoa, el bonito o los mariscos. Actúa como barrera frente a la humedad y el oxígeno, mantiene el producto en buenas condiciones durante meses de almacenamiento y define la calidad que percibe el consumidor.
En las conservas de pescado, especialmente en la elaboración de anchoas, se utiliza con frecuencia aceite de oliva virgen de buena calidad, con grado de acidez controlado. Sin embargo, la realidad en muchas plantas de producción es que los sistemas de dosificación por rebose desperdician producto de forma sistemática, como una receta en la que siempre se añade aceite de más y el sobrante acaba en el fregadero.
En la industria conservera española se usan indistintamente dos expresiones para referirse al mismo método: llenado por rebose y llenado por cascada. Ambas describen el mismo proceso: la lata se inunda de aceite hasta que desborda, y el sobrante se recircula para ser reutilizado.
La observación detallada de este sistema revela múltiples fuentes de merma y degradación: salpicaduras que no se recuperan, la cantidad impregnada que se lleva cada envase, residuos en la línea y desborde extra en el cerrado. A eso hay que sumar la degradación del aceite que escurre por la cinta transportadora y se recircula una y otra vez, afectando directamente a la calidad del producto final. Cada vuelta que da el aceite por el circuito es un ciclo de oxidación y contaminación que acaba dentro de la lata.

La industria conservera española tiene un historial de seguridad alimentaria sólido, sostenido por protocolos de esterilización industriales rigurosos. Sin embargo, es importante entender por qué cada eslabón del proceso —incluido el llenado— es crítico para mantener ese nivel de seguridad.
El Clostridium botulinum es una bacteria anaerobia que, en ausencia de oxígeno y en condiciones de pH por encima de 4,6, puede producir la toxina botulínica, una neurotoxina cuya peligrosidad es bien conocida por la microbiología alimentaria. Sus esporas son extraordinariamente resistentes al calor: solo se destruyen a temperaturas superiores a 116 °C bajo presión, lo que en la industria se consigue mediante esterilización en autoclave.
El proceso industrial —cuando está correctamente validado y ejecutado— elimina ese riesgo con eficacia. Pero hay un factor que el autoclave no puede corregir a posteriori: un cierre mal sellado. El aceite depositado en la pestaña de la lata durante el llenado por rebose o cascada puede interferir con la formación del sello hermético. Un cierre contaminado con grasa puede impedir la creación correcta del vacío durante el enfriamiento, y ese vacío es precisamente la primera barrera de seguridad que garantiza la integridad del producto hasta el momento de apertura.
Además, el espacio de cabeza —la proporción de volumen libre entre el líquido y la tapa— debe ser homogéneo en cada unidad. Un llenado impreciso genera variabilidad en ese espacio, lo que afecta tanto a la formación del vacío como a la estabilidad del producto durante el almacenamiento.
En definitiva: la esterilización protege el interior del envase, pero el sellado protege el envase en sí. Y el llenado preciso es la condición previa para que ese sellado funcione correctamente en cada lata, sin excepciones.

Gracias a la tecnología de dosificación que fabricamos en CDE Smart Technology, el problema tiene solución. Nuestra dosificadora llena cada envase con la cantidad exacta de aceite de oliva, sin desbordamiento. Ni una gota de más. Ni una de menos.
El sistema controla activamente el nivel en cada unidad, ajustando la dosificación en tiempo real. Cada lata sale con el aceite justo, el cierre limpio y el espacio de cabeza perfecto. El resultado es una conservación óptima y un ahorro que supera el 15 % respecto a los procesos tradicionales de llenado por rebose o por cascada.
En un caso típico de una conservera de anchoas, eliminar la merma puede representar un ahorro de entre 10.000 y 50.000 euros anuales dependiendo del volumen de producción. Al no recircular aceite, cada lata se llena con producto fresco, sin degradación. Esto mejora el sabor y la calidad del aceite de oliva en el producto final, algo que las conserveras de mayor calidad valoran especialmente.
Porque en la producción industrial de alimentos, precisión y rentabilidad van siempre de la mano.
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